Tengo personalidad bipolar. O eso es lo que deben pensar las personas que me vean yendo y viniendo de mis clases de hip hop.
A la ida, soy una persona llena de energy, con una fuerza sobrehumana, que corre y salta cual gacela en su sabana. Podría afirmar sin miedo a equivocarme que no tengo nada que envidiar a la protagonista de Flashdance, pues también llevo a cuestas mis dos mejores armas, mi bandolera (en la que llevo mis zapatillas de baile) y mis pantalones militares (el mono de soldadora se está lavando). Antes de llegar a la clase de baile, me siento una persona totalmente libre (free), viva y me da por hacer el Michael Jackson. Sí, ese paso llamado Moonwalk, y sí, en plena calle. Pero tranquilos, nadie me mira, la gente tiene sus vidas y yo no tengo vergüenza. Me siento viva, me siento bien. Entonces llego a la clase, me quito la sudadera y la bandolera, y me pongo las zapatillas. Y empieza el show.
Una hora y media después se acaba el espectaculo. Ahora parezco otra persona. Soy una sombra de lo que fui. Soy un fantasma, soy un militar volviendo de la guerra de Irak, soy un tullido que camina hacia su muerte, soy un desecho humano que no encuentra su vertedero. Voy arrastrandome por las calles, cojeo y renqueo, pues el equilibrio me ha abandonado, y las piernas, cual Blandiblu, se han vuelto temblorosas y de un color azul-verdoso. Mi cara ya no es el vivo reflejo de la felicidad, sino que muestra signos de copioso agotamiento y las muecas que se vislumbran en la penumbra de la noche son desgarradoras. A duras penas puedo subir las escaleras para coger el ascensor que me llevará a la ducha. Aah, la benevolente y relajante ducha. Pero espera, aun me tengo que quitar la ropa. Ups, creo que ha crujido algo. Abro la cortina y me sumerjo en el agua bendita que me devolverá a la vida, que me hará renacer.
Y mañana otra vez…